Por: Osmany Cruz Ferrer.

Recuerdo vívidamente mis primeros años de estudio. De uniforme rojo y blanco desde el primer día, porque en la Cuba de los años ochenta como la de ahora, era importante parecer que éramos iguales, aunque no lo fuéramos. De aquellos días, sobre todo, recuerdo a mi bibliotecaria, María Emilia. A diferencia de los profesores de mis distintos cursos que no continuaban enseñándome cuando alcanzaba una nueva promoción, María Emilia fue mi bibliotecaria durante los siete años de primaria.

No era una mujer que destacara a primera vista, tenía unos 30 años en aquel entonces, extremadamente delgada y su rostro quedó dañado por un antiguo acnés raro y abundante que le robaba protagonismo a sus ojos claros. Su voz sonaba como si siempre estuviera afónica, pero no recuerdo a muchas maestras cuyas maneras fueran más cálidas y cuyo afecto tangible me fuera más preciado.

Era obligatorio que todas las semanas los niños tuvieran un par de sesiones de una hora de lectura en la biblioteca. Algunos de mis compañeritos iban rezongando cada vez, porque eran precisados a ir hasta aquel cadalso de libros. Sin embargo, lo que era obligatorio para muchos, era estupendo en mi caso. Mis días favoritos eran aquellos en que correspondía estar en la biblioteca, o que tocaba deporte. Si en la jornada de estudio coincidía la biblioteca y el deporte, entonces ese era un día completamente perfecto para mí.

Me apasionaba tanto la lectura y era tan evidente aquello, que mi maestra María Emilia, se saltaba el protocolo escolar que prohibía prestar los libros y me los dejaba para que los concluyera en casa, siempre y cuando me comprometiera a traerlos sin falta para el próximo encuentro. Ella me veía tan turbado tratando de terminar un libro en la exigua hora de lectura, que no podía hacer otra cosa, aunque estuviera contra las normas. Esa clase de transgresiones me salvaron del tedio y me mantuvieron a salvo de intereses menos trascendentes.

Recuerdo que las estanterías de la biblioteca escolar estaban llenas de libros rusos, era lo que tocaba por ser Cuba una especie de colonia soviética. Así que mis primeras lecturas estuvieron ambientadas en la gélida Siberia, en los imponentes bosques rusos donde se encontraban osos gigantes y desde donde los impronunciables autores nos narraban aventuras pavorosas.

María Emilia siempre fue paciente conmigo, gentil y considerada. Quería que amara los libros y lo logró. Aquellas primeras lecturas, aquellas horas invertidas en devorar con avidez voluminosos libros enteros y así poder ir al siguiente, constituyeron los momentos más memorables de mi primera etapa de estudiante. Aquellos días de mi infancia y aquella tierna maestra, me regalaron para siempre el hábito grato de leer, el cual mi madre potenció y que todavía me acompaña. Hábito del que nunca me podré deshacer.

Ya hace muchos años que no leo a Kir Bulychov, o a Kornéi Ivánovich Chukovski, o a Piotr Pávlovich Yershóv. Ahora soy más ecléctico en cuanto temas y nacionalidades. La libertad que disfruto ahora, me lo permite.

Leer me dio la oportunidad de reflexionar desde miles de escenarios distintos sin moverme de lugar. Leer me humanizó más y me ayudó a salir del totalitarismo del yo. Así que sigo leyendo y los culpables siguen ahí, viéndome. Mi mejor tributo para ellos es mi leal gratitud y mi incansable discurso invitando a otros a leer.

Hoy soy profesor en una Facultad de Teología, un puesto para el que no existe promoción después de él, pues no hay nada más noble que educar a otros para llevarlos a la semejanza de Jesús. Leo tanto como puedo, leo porque me gusta, así, a secas. Pero encuentro también que mi sagrado deber lo desempeño mejor si leo, y que soy más fructífero si antes, durante, y después de ejercer una tarea, me abandono a buenos libros. Mi Señor me desafía a ser profundo y ello es imposible sin leer, leer y otra vez… leer.

Siento pena por los que no tuvieron quién les inspirara a leer. Ningún niño debiera tener semejantes ausencias. Pero más pena me dan los que no leen porque enajenados en sí mismos, no les importa crecer.

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