swamp-sedge-7118_1920Por: Osmany Cruz Ferrer.

“¿Crece el junco sin lodo? ¿Crece el prado sin agua?”(Job 8:11)

Confieso que muchas veces escribo por pura disciplina. Para completar un encargo recibido, una tarea pendiente. En otras ocasiones, la mayoría de ellas en verdad, escribo con mucho placer y pasión, como si cada tecla del ordenador fuera una nota musical, cada palabra un acorde y cada artículo una sinfonía de sustantivos, adjetivos, preposiciones y adverbios. Hay una tercera razón que me obliga a escribir: la necesidad de acallar mi alma suspirante; mi anhelo por comprender aquello que escapa a mi razón finita, y se discierne solo mediante un peregrinaje de fe. Aporreo el teclado con rauda maña intentando que un pensamiento fugaz no escape, que una luz repentina no se apague. Frunzo el ceño y reflexiono, y a veces el repiquetear de las teclas es sucedido por un silencio prolongado, por una búsqueda a sabiendas de una respuesta convincente que anule mis frecuentes inquietudes. Termino lo que empecé y me doy cuenta que escribir, en mi experiencia, es una metáfora de la vida cristiana: una vida donde la disciplina, la pasión y la constante búsqueda vienen a ser un ciclo repetitivo que contribuye felizmente a mi crecimiento espiritual.

Necesito la disciplina para hacer aquello que debo hacer aunque no quiero. Me sobran las razones para permitirme ignorar las voces de la responsabilidad. He descubierto que se puede llegar a ser muy creativo a la hora de inventar una excusa. Más frecuente de lo que quisiera, me hallo en encrucijadas bien señalizadas que exigen de mí una decisión donde elegir bien es la mejor opción, pero también la más dolorosa. Mi carne reconviene ferozmente con mi alma, la intenta persuadir de sus nobles metas. La encarnizada lucha es a muerte: o muere la carne o muere aquello que desea el alma. Ambas no pueden salirse con la suya. No siempre elijo bien, y aquello que dejé de hacer, pesa más de lo que suponía. Esa omisión me pasa factura. Como un cobrador enojado viene a por mí, y me flagela con palabras condenatorias.  Esa oración que no hice, esa lectura pospuesta, esa obediencia demorada. Todo se arregla cuando confieso y me aparto, cuando ante Dios soluciono el espiritual agravio. ¡Ah, pero qué distinto cuando me posiciono en mi deber, cuando no cedo ante las tiranas emociones! Ningún poder autoritario, ni ninguna fuerza del averno pueden contra una firme decisión en Cristo. El solaz, el gozo desbordante y una realización perdurable, quedan como remuneración de haber hecho aquello que convenía hacer, aunque lo demás conspiraba en mi contra. Cuando la pasión se ausenta, la disciplina cuida su casa.

Suele ocurrir que a la disciplina le sigue la pasión: esa fuerza centrífuga que hace que todo aquello que haces marche en forma vigorizada, ese entusiasmo contagioso que cual imán repele y atrae. Repele lo impropio, lo vergonzoso, y atrae lo justo y lo bueno. Vivir apasionado con Jesús, con su Palabra, con el servicio cristiano, es un loable derrotero. Todo resulta más fácil cuando estás apasionado. Las montañas más altas son escaladas, los mares tempestuosos se perciben navegables, y los caminos serpenteantes se conciben derechos y deseables. “Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” fueron las dramáticas palabras del Señor a la iglesia de Éfeso. Si una iglesia, si un creyente, pierde la pasión por el Señor, lo ha perdido todo. Conviene que vivamos en esa pasión, en ese romance con Jesús que no muere, aunque suele pasar por épocas de pruebas donde la fidelidad y la constancia serán nuestros recursos de permanencia.

Luego está esa hambre insaciable de Dios. Ese buscarle día a día porque solo en él están todas las respuestas que necesito. Leo mi Biblia como el científico que escudriña con su microscopio en busca de respuestas. A veces la leo como un niño que disfruta de las historias y se identifica con los personajes. Me digo: ¿quién pudiera tener una máquina del tiempo y convivir con aquellos héroes de carne y hueso que vieron tan grandes prodigios de la mano de Dios? La leo para aplicar a mis heridas la medicina que sale de sus páginas, o para reflejarme en el espejo de su doctrina que me indica si mi camino es torcido o derecho. Busco en oración el rostro de Dios y pido ver ángeles, poderosos milagros, acaso mares abiertos y panes multiplicados. Tengo hambre de lo sobrenatural, de lo divino. Tengo que decir que con el tiempo veo todo aquello que pedí, aunque no siempre en la forma caprichosa en que yo quiero.

Dios me recuerda que la disciplina, la pasión, y esa búsqueda que abreva de Dios para su satisfacción son ayudadores a los que prestarle atención. En el ansia que tenemos por conocerle y por parecernos a él, debemos apegarnos a estas actitudes, a estas virtudes que se entremezclan e interactúan con nuestro permiso. Todo ello lo propicia Dios para nuestro crecimiento. Así como el junco no puede crecer sin lodo, ni el prado sin agua, un cristiano no puede crecer sin disciplina, pasión y búsqueda constante de Dios.

Tomado de mi libro: Oasis para viajeros.

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