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DEVOCIONALES PARA PEREGRINOS

Somos peregrinos y cada jornada nos acerca a nuestro Hogar

SE TRATA DE DIOS

Por: Osmany Cruz Ferrer

(Tomado de mi libro: Reflexiones de un santo inquieto)

“En Dios solamente está acallada mi alma” (Sal. 62:1a).

He ido muchas veces a abrevar de versos de antaño, compuestos por valerosos adalides del Señor. Hombres y mujeres con cicatrices por las mil batallas enfrentadas. Héroes y heroínas triunfantes en el sufrimiento y la prueba. Independientemente de la métrica, de las sílabas tónicas o átonas, de la musicalidad o el ritmo de cada poeta, todos coinciden en su fascinación por Dios y dan todo el crédito de su triunfo al Señor.

Las palabras de ellos me conmueven a años de distancia de haberse dicho y mi fe se robustece en la cadencia armoniosa de las verdades eternas que ponderan. Tomo aliento en sus soliloquios llenos de honestidad y fe. Me bendice su lírica llena de fervor, y reparo en cada palabra como quien recibe un regalo increíble y lo recorre con la vista, anonadado ante la maravilla de lo recibido. Me repito entonces al leer a estos insignes campeones de la virtud: Se trata de Dios, se trata de él.

Me lo confirma David cuando escribe: “Porque tú salvarás al pueblo afligido, / y humillarás los ojos altivos. / Tú encenderás mi lámpara; / Jehová mi Dios alumbrará mis tinieblas. / Contigo desbarataré ejércitos, / y con mi Dios asaltaré muros.” Me lo ratifica Rodolfo Loyola al escribir su poema, Pero si Tú: “Es poca el ansia de vivir que siento, / pero si Tú me dices vive: Viviré. / Es poco el celo de escalar que aliento, / pero si Tú me dices sube: Subiré. / Es mucho el miedo de sufrir que tengo, / pero si Tú me dices sufre: Sufriré. / Me acosa el hambre de saber lo eterno, / pero si Tú me enseñas, yo me saciaré.” O el poeta mejicano, Amado Nervo, cuando escribe: “Si tú me dices ven, lo dejo todo…/ No volveré siquiera la mirada / para mirar a la mujer amada… / Pero dímelo fuerte, de tal modo/ que tu voz como toque de llamada, / vibre hasta el más íntimo recodo / del ser, levante el alma de su lodo / y hiera el corazón como una espada”.

Tres escritores, separados por siglos entre ellos, coinciden en que Dios es el centro, el todo. La quintaescencia de lo que somos y hacemos. La razón que nos conmina a perseverar a pesar de los infortunios del pedregoso camino. David le atribuye la victoria, Loyola las fuerzas para seguir y Nervo la decisión para abandonar lo que fuere necesario para seguirle. Pablo explica esta asombrosa verdad en Atenas, citando a Epiménides, Arato y a Cleantes: “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos” (Hch. 17:28). Todo se trata de Dios y no encontraremos reposo hasta que nuestras vidas estén rendidas a su voluntad.

No se puede edificar un buen edificio sin un fundamento adecuado y no se puede estar saciado y completo sin Cristo. Llevar años en la iglesia no nos hace mejores cristianos, es nuestro día a día apegados a su pecho, nuestra devoción incólume, nuestro andar obediente lo que nos acerca más a él en todo. Se trata de hacer de Dios el centro de nuestras existencias, sin subterfugios, sin escapadas ocasionales. Eso es la vida cristiana, una vida teocéntrica, gozosa en ya no ser, para que Cristo sea. Morir a nosotros mismos, para que Jesús viva su vida en nosotros. Todo cobra significado cuando es así. La vida no es una serie de sucesos sin sentido. Si empezamos a vivir en el digno propósito de Dios, estaremos viviendo con destino fijo.

La lección es evidente y debemos aprenderla: No podemos vivir a plenitud si todo se trata de nosotros, de lo que queremos, de nuestros sueños. No fuimos creados para nosotros mismos y no estaremos bien fuera de nuestro diseño. Somos de Dios, fuimos hechos para él. Debemos ser tan conscientes de ello, que deje de ser algo intermitente. Como la necesidad de respirar, lo hacemos todo el tiempo y no nos planteamos si debemos o no, si queremos o no, está tan intrínseca esa acción, que es imposible eludir su necesidad.

No se puede vivir diciendo que somos lo que pensamos que somos, hay que vivir siendo lo que decimos que somos: cristianos. Si eso somos, entonces la vida toda debe estar permeada de Jesús. Él debe ser quien hermosee nuestro pensar, nuestro hablar, nuestro actuar. Si ese es el deseo que subyace en nosotros, podremos hacer nuestras las palabras de Calderón de la Barca y con todas las fuerzas desear lo que él anheló a través de su poema: ¿Qué quiero mi Jesús?

“¿Qué quiero mi Jesús?… Quiero quererte, / quiero cuanto hay en mí, del todo darte / sin tener más placer que el agradarte, / sin tener más temor que el ofenderte. // Quiero olvidarlo todo y conocerte, / quiero dejarlo todo por buscarte, / quiero perderlo todo por hallarte, / quiero ignorarlo todo por saberte. // Quiero, amable Jesús, abismarme/ en ese dulce hueco de tu herida, / y en sus divinas llagas abrasarme. // Quiero por fin, en ti transfigurarme, / morir a mí, para vivir tu vida, / perderme en ti, Jesús, y no encontrarme.”

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¿AYUDA IDÓNEA O AYUDA ERRÓNEA?

Por: Osmany Cruz Ferrer.

Eduardo Laboulaye es célebre por sugerir que Francia obsequiara a los Estados Unidos un regalo que sirviera para conmemorar el centenario de su independencia y como símbolo de la amistad entre ambas naciones. La idea dio como resultado la construcción de la Estatua de la Libertad, cuya esfinge es Patrimonio de la Humanidad y se encuentra en Manhattan, Nueva York. Sin embargo, mi primer encuentro con Laboulaye fue a mis seis o siete años y no estuvo relacionado con la monumental Estatua de la Libertad, sino con un cuento que el escribiera titulado: El camarón encantado.

Loppi era un humilde leñador de las frías tierras del Mar Báltico sin más posesiones que una mísera choza y un hacha. Vivía con Masicas, su esposa, cuyo nombre significa “fresa agria”. Masicas era exactamente así, una mujer agria, enojosa, siempre discutiendo, siempre inconforme, siempre  lamentándose por todo. Loppi, por su parte, era gentil, sencillo y agradecido, pero carente de convicciones propias. Un día, encontró un camarón extremadamente grande, lo echó en su morral y se disponía feliz a llevarlo a su esposa para cocinarlo, pero resultó que este camarón era en realidad mágico y le ofreció a cambio de perdonarle la vida aquello que Loppi necesitara. Loppi apenas pidió algunos pescados para poner sobre la mesa en su hogar, lo cual el camarón hizo con creces llenándole todo un morral. El camarón encantado le aseguró que si estaba en apuros solo tenía que venir a la charca y llamarle diciendo “camaroncito duro, sácame del apuro” y el camarón saldría en su ayuda. Loppi solo debía guardar el secreto de su benefactor.

Pronto la esposa se cansó del pescado y pidió a Loppi a gritos que le trajera sopa y tocino. Unos días después quiso otros manjares y así fue. Masicas le insistió a Loppi hasta saber su secreto y cuando éste intimidado por sus ruegos se lo contó todo, se destapó en ella una ambición inmoderada. Masicas pidió vestidos caros, luego un castillo, después ser reina y finalmente, en su alocada espiral de inconformidad, pidió ser la reina del cielo y de la tierra. A esto último el camarón no accedió, sino que furioso le quitó a la disfuncional pareja todo lo que le había dado hasta el momento. Volvieron a la pobreza de antaño, Masicas murió repentinamente al estallarle las venas de la garganta debido a un ataque de ira por el retorno a la miseria y Loppi amaneció muerto a sus pies, probablemente de tristeza.

El relato parece exagerado y el final poco apropiado para que aparezca en la categoría infantil, pero lo cierto es que esta historia de ficción se repite vez tras vez, matrimonios averiados por el egoísmo, la falta de carácter, la avaricia, y en general por el desapego a los principios bíblicos que deben guiar a un matrimonio hacia una vida plena, satisfecha y feliz. Las actitudes negativas y un comportamiento que contravenga los principios bíblicos para una familia santa, causa la muerte irremediable de una relación. No hay garantías de éxito cuando vivimos a espaldas de la virtud.

El matrimonio es diseño divino, fuimos creados para complementarnos sobre la base de la verdad de la Palabra de Dios. El Señor sabe lo que se necesita para que un matrimonio marche bien porque él lo inventó. Haríamos bien en hacer caso a lo que él tiene que decir.

¿Somos ayuda idónea o ayuda errónea? ¿Vivimos nuestro matrimonio en una relación Cristo céntrica, poniendo como fundamento las Escrituras, o basada en el egoísmo, sin la fuerza vigorizante del amor desprendido? La historia de Loppi y Masicas es demasiado trágica como para repetirla. Revisemos nuestro historial de vida, arreglemos lo que sea necesario, pidamos perdón, hagamos restitución y seamos vigilantes sobre nuestra forma de conducirnos en este presente siglo malo.

Nos ha tocado vivir en un sistema de cosas que ridiculiza el matrimonio, que cada vez apuesta más por prescindir de este sagrado lazo. Un “amor libre”, sin compromisos, sin promesas de fidelidad. La sociedad moderna ha eliminado el “hasta que la muerte los separe” porque le parece un precio muy alto a pagar y lo ha sustituido por “hasta que dure”. Las parejas van al matrimonio con separación de bienes porque ya dan por sentado que el enlace es frágil y puede romperse en cualquier momento. El divorcio ha entrado también en nuestras filas cristianas, no estamos ilesos, también entre los nuestros hay quienes se han dado por vencidos y ya no sonríen junto al amor de su juventud. El Adversario les robó sus votos y la promesa se fue de vacaciones. Dios puede sanar a sus soldados heridos y lo hará, si vuelven a la senda antigua.

Es hora de enarbolar el matrimonio como lo que es, una institución divina que ha de disfrutarse dentro de la voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). Vivamos en santo apego a las enseñanzas bíblicas, determinémonos a ser felices, prescindamos de todo lo superfluo. Dejemos de sabotearnos la vida matrimonial con el egoísmo, la inconformidad, la expectativa desproporcionada sobre el otro. Elige ser ayuda idónea, el matrimonio victorioso te espera detrás de esa puerta.

 

 

 

 

¡INTÉNTALO!

Por: Osmany Cruz Ferrer

¡Inténtalo!, fue lo que le dije a mi esposa en estas vacaciones navideñas. Así que tomé la flamante bicicleta recién comprada y la puse delante de ella, le di unas instrucciones básicas y ella asumió el reto. Se subió con gran resolución al vehículo de transporte de propulsión humana y créame, salió a la primera, conduciendo como una veterana del ciclismo olímpico. ¡Asombroso! Allí estábamos los niños y yo aplaudiendo eufóricamente, y gritando: ¡No te olvides de los frenos! Teníamos la adrenalina a tope. Estábamos contemplando entre sonrisas cómplices el debut exitoso de alguien que triunfaba sobre un desafío imposible hasta ese entonces. Se atrevió y lo logró. Me parece fascinante lo que es capaz de hacer un ser humano cuando decide vencer aquello que lo obstaculiza en alguna empresa. Así nos diseñó el Señor: con predisposición a la osadía.

No voy de consejero triunfalista, ni pretendo inventar fórmulas para hacerte sentir mejor, solo quiero ser sincero; decirte lo que desde mi experiencia veo cada vez que observo el uso que le damos al don de la vida otorgado por el Señor. Te diré lo que veo, cristianos que, aunque pueden vivir en forma plena, no lo hacen. Hijos de Dios medrosos, que se escudan en la prudencia, que se hunden en las arenas de la parsimonia, en lugar de encenderse con el combustible de la aventura.  Se pierden todo por no intentar algo más que lo que les sugiere su zona de seguridad. El confort puede matar a la imaginación. Hay que tener cuidado, no sea que la costumbre y la rutina nos domestique a nosotros, que por definición debemos ser de espíritu indómito.  

Nos sobran excusas y nos falta determinación, una combinación letal que corroe el alma y la hace pusilánime e irresoluta. Nosotros somos de la estirpe de Moisés y Daniel, hombres frágiles, que enfrentaron a formidables imperios. Somos como aquel Elías, que se batió a golpe de milagros con ochocientos treinta profetas falsos. En nuestro ser interior figuran los genes bizarros de Débora, de Caleb, de Juan el Bautista, del apóstol Pablo. Esto es un don de Dios, porque él no nos creó para ser cobardes, todo lo contrario (2 Ti, 1:7).

Miremos a Jesús. El declinó con denuedo absoluto las ofertas de Satanás en el desierto. Ninguna proposición del averno le detendría en su empeño de ser fiel a Dios. Los fariseos no pudieron silenciar su mensaje. Los mordaces romanos no pudieron intimidarle. Ante la traición de uno de sus discípulos y el abandono de sus amigos prosiguió al Gólgota. Oh, que magnífico ejemplo de osadía nos legó el Maestro. Enfrentó el odio y el menosprecio concediendo el perdón por tanta ignorancia. Venció la muerte y ascendió exaltado a los cielos, aunque todo el infierno se le opuso en tan filantrópica tarea. Él triunfó para salvarnos y darnos coraje para vivir como auténticos redimidos.

Te confieso que cuando escribo lo hago para mí primeramente, no sea que me vaya a creer maestro de aquello en lo que aún estoy aprendiendo. Soy tajante cuando se trata de la verdad, porque no quiero vivir en una mentira. Me exijo con firmeza de terciopelo para no ser legalista, pero tampoco blando. Me desafío a ultranza, porque prefiero ser íntegro que popular. Por encima de todo comprendo que no se puede ser valiente sin Su gracia, y que nada digno de honra se puede lograr sin Su permiso. Así que hago acopio de las promesas de Dios y me niego a impresionarme por los obstáculos.

Ya sea montar en bicicleta, servir a Dios en cualquier área, sobreponerse a un hábito indeseable, vencer un pecado, o cualquier otra acción que se salga del mínimo esfuerzo, vendrá como consecuencia de un primer intento. Así que intentarlo es fundamental, es el principio de todo lo demás. ¿Qué tal si intentamos más y mejor? ¿Qué tal si deponemos viejas y nuevas excusas y decidimos imitar a aquellos paladines de la fe de antaño? ¿Qué tal si Jesús se convierte en nuestra mayor inspiración para todas las cosas? Inténtalo, Dios se encargará del resto.

 

SERENDIPIAS DIVINAS

Por: Osmany Cruz Ferrer

“Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí” (Isaías 65:1).

Mis hijos son formidables comedores de patatas chips; esas patatas laminadas tan finamente que casi se puede ver a través de ellas. No conozco supermercado que no las comercialice. Yo, sin embargo, soy más de la patata de toda la vida; ese corte grueso y sin geometría que mamá, al más refinado estilo samurái, preparaba con donaire raudo. Pero la generación de ahora va por otro lado en esto de las patatas y del arte culinario en general y me parece interesante que así sea. Es por eso que me sumo a degustar patatas chips con mi familia, sobre todo días de piscina o de campo, donde cocinar no es algo que va incluido en la programación. ¡Y pensar que estas anoréxicas patatas vinieron a existir sin intención de que se perpetuaran! Fue George Crum, un chef neoyorquino, el que introdujo esta guarnición en el verano de 1853, para mostrar su enfado a un comensal que siempre criticaba inconforme el grueso de las patatas que servía su restaurante. Para la sorpresa de Crum, las patatas fueron un éxito y las incluyó inmediatamente en el menú habitual de su restaurante. Desde entonces se comercializan en todo el mundo y, que arroje la primera piedra quien se ha resistido con éxito a probarlas. Serendipias de la historia, sucesos que llegaron a ser algo distinto a lo que se imaginó, o se quiso conseguir.  

Hablando de serendipias… hace 26 años estaba convencido que la vida había que vivirla, sin reglas, sin pensar demasiado, que el placer era lo único que me llevaría a la tumba y que en el ver y el saber, estaba aquello que podía llenarme. Nada más lejos de la realidad, vivía estafado por una ideología prefabricada por aquellos dioses del ateísmo de la Cuba de aquellos días. Me engañaron y no sabía yo que pudiera existir una verdad absoluta y concluyente que serenara mi alma desolada y me supliera tantas ausencias omnipresentes. Sin buscar tal verdad, sin pretender ser feliz, sin querer otra cosa que sobrevivir, me hallé escuchando a un flacucho e improvisado predicador, asistiendo a una pequeña iglesia y recibiendo a Jesús como mi salvador personal ante una treintena de carismáticos redimidos. Serendipias dispuestas desde la eternidad, contingencias divinas que te cambian para siempre, eventos que te seducen a una vida plena de la que no desearás retornar.

Desde entonces creo en esos planes divinos que se nos atraviesan en el camino para captar nuestra atención. No son imposiciones de un Dios que se quiere salir con la suya, más bien oportunidades de gracia, actos de misericordia para reconducirnos a lo mejor. Desde entonces he estado alerta a esos encausamientos de Dios, a eso que él hace magistralmente para mi bien, pero que yo debo comprender para no perderme su trazo de gracia.

Era el año 2000, una rara alianza entre vaticinios mayas y prensa amarillista anunciaban que el mundo se terminaría; destrucción y caos, las profecías debían cumplirse, pero si estás leyendo esto sabrás que no ocurrió nada de esto. Yo me preparaba por aquel entonces para un viaje a Guatemala, era un evangelista soltero con muchas ganas de servir al Señor y tenía delante la oportunidad de un recorrido ministerial por este hermoso país de América Central. Por aquel entonces, una iglesia de la ciudad se había quedado sin pastor y me pedían para atenderlos por un tiempo, hasta tener a un nuevo pastor. Me excusé sobre la base de que viajaba por seis meses fuera del país y que me sería imposible, que de otra manera lo haría con gusto. Sin embargo, el cónsul me dijo que no podía viajar a su país y no me concedió el visado. Así que acepté pastorear aquella iglesia donde conocí a la maravillosa mujer que por 16 años y cuatro hijos después, es mi esposa. Serendipias divinas, puertas que se cierran con una finalidad más elevada. Así es Dios.

He aprendido a no preocuparme cuando sucede algo con lo que no contaba, reflexiono y doy por sentado que Dios está detrás de ese incidente en alguna forma. No me atemorizan los cambios de sentido, ni me frustra no conseguir lo que quiero porque estoy abandonado a la voluntad de un Dios, cuyo control de las situaciones, los incidentes y las circunstancias es absoluto. Detrás de un obstáculo, lo más probable es que llegue una bendición. Pasando anchurosos ríos me esperan riberas deseables y tierras por conquistar.

Mientras como patatas chips, concluyo estas líneas y pienso emocionado en qué será lo próximo con lo que Dios me va a sorprender. ¡Qué novedosas serendipias está preparando mi todopoderoso salvador!

 

 

POR EPITAFIO UNA SILLA

Por Osmany Cruz Ferrer

“Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2:1).

No vinimos para quedarnos, eso seguro. Un día partiremos de este mundo y solo quedará la impronta de cómo hayamos vivido, aquello que hayamos dicho y hecho. La vida es un viaje, duro sin dudas, pero lleno también de deliciosas felicidades. He visto que con frecuencia, a lo largo del camino aparecen sillas, sitios en los que descansar, tomar un respiro, acaso incluso, pasar un largo tiempo en el confort de la quietud. Inmóviles como rocas, disfrutando de la brisa debajo de un árbol, la vida puede ser muy tranquila en esas sillas seductoras. Lo que ocurre es que hay quienes se apegan demasiado a esas sillas, le toman cariño, deciden quedarse ahí más de lo debido. Algunos hasta construyen su existencia alrededor de esas sillas y pasan su vida congratulándose de haberlas encontrado. En su epitafio aparecerá esa silla de comodidad como corolario a su tránsito por este mundo. Serán recordados como personas espiritualmente sedentarias, que buscaron su confort, y anduvieron poco. Se perdieron las mejores aventuras por quedarse en lo seguro. La silla, su suavidad y bienestar le sedujeron, y se refugiaron en lo que ésta les ofrecía. Le regalaron sus mejores años al ocio y la negligencia, dejaron de vivir. Murieron muchos años antes de dejar de respirar.

He visto esas sillas muchas veces. Aparecen justo cuando estoy a punto de alcanzar una nueva meta, cuando más fatigado estoy, pero más próximo a mi propósito. Son como cantos de sirenas que fascinan y distraen. Si me siento me convidan a más y a más. He aprendido a prescindir de ellas en lo posible, a descansar cambiando de actividad, pero sin pararme. Hay tanto que hacer, tanto que decir, tanto que ver, que quedarse inmóvil por demasiado tiempo no es una opción. No para los que tienen por paradigma al Cristo servicial, al Maestro incansable de Galilea.  

Hay quienes se dedican a regalar sillas a los viajeros. Quieren que seas tan miserable como ellos. Viven una falsa ilusión donde el ahora es mejor si escapas de cualquier forma de actividad que requiera grandes esfuerzos. Perezosos inflamados de oratorias facilistas, de discursos con temáticas anodinas.  No escuches su arenga, ni te detengas a compartir la silla de muerte en que se cobijan.

He decidido andar hasta llegar al final, unos pocos momentos de descanso me son suficientes. No haré feliz a los buhoneros de sillas, pero estoy seguro que mi andadura agradará a Dios y mi conciencia así me testifica de esto. Porque el viaje de la vida va de eso, de tener por meta suprema el honrar al Señor en obediencia a su Palabra y dispensar buenas obras a todos a nuestro alrededor.

Escribo estas esquelas mientras ando, por si quizás pueda ayudar a los que están por mucho tiempos sentados. Cuidado, que las sillas pueden ser ídolos, todo lo que te atraiga más que Dios, es un estorbo. Aléjate de lo que te disuade de seguir a Cristo. Rompe en pedazos todo lo que representa una comodidad mortífera. Suéltate y anda, únete al viaje de los redimidos que abnegados sortean el clima hostil y el terreno sinuoso. La fe no se puede vivir desde una butaca, hay que experimentarla en la cotidianidad, en el conflicto, en el desafío, en las circunstancias cambiantes, en el día a día con sus alegrías o sus desplantes.

La noche llegará, no habrá ya tiempo para seguir andando, tocará el legítimo reposo, el descanso del soldado después de la flagrante guerra. Para ese entonces no quiero por epitafio una silla, no quiero tal recuerdo para los míos, tan execrable huella en mi fugaz existencia. Me esforzaré en la gracia del que me llamó. Caminaré distancias portentosas, haré proezas, andaré sobre las aguas, multiplicaré panes y peces, tornaré el agua en vino, en suma, imitaré a mi Maestro. He de andar como el anduvo, si es que en verdad permanezco en él (1 juan 2.6). Si un epitafio he de tener que sea este: caminó, y caminó y caminó sin descanso… hasta llegar al fin.

 

LAS AVES NO TOMAN ANSIOLÍTICOS

Por: Osmany Cruz Ferrer

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26).

Vivo junto a mi familia en un pintoresco pueblo Andaluz. Mi casa está en las afueras y colinda con un campo de olivos donde, a cualquier hora del día, oigo de gratis la sinfonía de las aves del lugar. Se posan en el granado que tengo en el patio y desde su follaje me hipnotizan con su algarabía, revolotean en mi terraza y en mi balcón, se asoman por mis ventanas fisgoneando a los extraños seres que vivimos en este nido de piedra. Mi esposa les ha colocado un comedero y un bebedero de agua para que se sirvan al gusto y cada día tenemos comensales multicolores que se deleitan en semillas por las cuales no han trabajado y en un agua fresca que no tienen que bombear desde un profundo pozo.

No soy ornitólogo, pero puedo afirmar por simple observación que las aves que me frecuentan no tienen pinta de estar preocupadas por lo que va a ocurrir al día siguiente. No toman ansiolíticos para el estrés, ni antiácidos debido a la ansiedad. Revolotean con maestría aeronáutica, comen y beben, van de un lado al otro dando saltitos graciosos y cantan sin desafinar una nota sencillamente porque Dios les sostiene, les cuida y vela por ellas. ¿No es asombroso? El Dios dueño de todas las galaxias se preocupa por unos pajarillos cordobeses. Tal es el corazón del Señor.

Jesús usó la figura de los pájaros del campo para ilustrarle a sus discípulos una forma de vida diferente a la que vivían la mayoría de sus conciudadanos. Un estilo de vida caracterizado por la confianza en Dios. La lógica del Maestro era muy sencilla: si Dios alimenta a las aves del cielo, cómo no va a hacerlo con sus hijos. Por una cuestión de estima y prioridades Dios tienen en primer lugar a los que son suyos, así que proveerá para ellos con absoluta seguridad. La diferencia está en que distintamente de las aves, nosotros tenemos un exceso de futuro que nos priva de la serenidad de descansar en el Señor. Nos afanamos por el día siguiente que no existe aún, vivimos en constante preocupación por lo que no podemos controlar y tal conducta nos aprisiona en cárceles de desasosiego y desesperación.

En el Sermón del Monte, de donde hemos extraído este versículo, Jesús insiste en el valor que tenemos para Dios. Es justo ahí donde debe afincarse nuestra confianza. Dios nos ama, somos importantes para él: “¿No valéis vosotros mucho más…?”, dijo el Cristo. Haremos bien si aceptamos que en sus manos nuestra vida está segura, nuestras necesidades están cubiertas y nuestro futuro está asegurado. Si el cuida del gorrión, de la paloma y la codorniz lo hará mucho más con nosotros.

No escribo desde la seguridad de una engordada cuenta bancaria, o desde la confianza de un trabajo fijo y copiosamente remunerado. No creas que por vivir en Europa tengo mis gastos cubiertos, sino quizás más cuentas que pagar en esta región del mundo donde todo tiene precio. Como marido y padre de cuatro hijos enfrento desafíos en los que Dios debe intervenir, o  de otra manera me perdería en el agobio del afán. Soy misionero, vivo por fe, Dios provee de muchas maneras y lo ha hecho así desde hace más de dos décadas. Con demasiada frecuencia las necesidades de una familia grande como la mía, superan mi pericia para hacer resolutos presupuestos. Hay zapatos que comprar, ropa que proveer para niños que al mes siguiente han cambiado de estatura. Debo vigilar por  calentar mi hogar en invierno e intentar tener una temperatura soportable en verano.  Debo asegurarme que en cada jornada haya comida en la mesa para los míos y a la par nunca olvidarme de la hospitalidad y de compartir con otros aquello que de Dios recibo. Los economistas no dan buenos augurios y los políticos parecen tomarse las cosas con calma echándose la culpa unos a o otros de su desaciertos administrativos.

Mientras todo eso y más, mucho más ocurre a mi alrededor e intenta dominarme yo encuentro fe mirando a esas aves desenfadadas en mi terraza. Allí están serenas aunque la bolsa de valores de Londres se haya desplomado, o la de Nueva York, o la de Tokio. Dios les cuida, les alimenta, les protege desde su infinita bondad. Si lo hace con ellas, lo hará conmigo y con todos aquellos que le aman. Debo de mirar menos hacia fuera, o hacia mí mismo y mirarlo a él porque: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).

 

MI BIBLIOTECARIA, MARIA EMILIA

Por: Osmany Cruz Ferrer.

Recuerdo vívidamente mis primeros años de estudio. De uniforme rojo y blanco desde el primer día, porque en la Cuba de los años ochenta como la de ahora, era importante parecer que éramos iguales, aunque no lo fuéramos. De aquellos días, sobre todo, recuerdo a mi bibliotecaria, María Emilia. A diferencia de los profesores de mis distintos cursos que no continuaban enseñándome cuando alcanzaba una nueva promoción, María Emilia fue mi bibliotecaria durante los siete años de primaria.

No era una mujer que destacara a primera vista, tenía unos 30 años en aquel entonces, extremadamente delgada y su rostro quedó dañado por un antiguo acnés raro y abundante que le robaba protagonismo a sus ojos claros. Su voz sonaba como si siempre estuviera afónica, pero no recuerdo a muchas maestras cuyas maneras fueran más cálidas y cuyo afecto tangible me fuera más preciado.

Era obligatorio que todas las semanas los niños tuvieran un par de sesiones de una hora de lectura en la biblioteca. Algunos de mis compañeritos iban rezongando cada vez, porque eran precisados a ir hasta aquel cadalso de libros. Sin embargo, lo que era obligatorio para muchos, era estupendo en mi caso. Mis días favoritos eran aquellos en que correspondía estar en la biblioteca, o que tocaba deporte. Si en la jornada de estudio coincidía la biblioteca y el deporte, entonces ese era un día completamente perfecto para mí.

Me apasionaba tanto la lectura y era tan evidente aquello, que mi maestra María Emilia, se saltaba el protocolo escolar que prohibía prestar los libros y me los dejaba para que los concluyera en casa, siempre y cuando me comprometiera a traerlos sin falta para el próximo encuentro. Ella me veía tan turbado tratando de terminar un libro en la exigua hora de lectura, que no podía hacer otra cosa, aunque estuviera contra las normas. Esa clase de transgresiones me salvaron del tedio y me mantuvieron a salvo de intereses menos trascendentes.

Recuerdo que las estanterías de la biblioteca escolar estaban llenas de libros rusos, era lo que tocaba por ser Cuba una especie de colonia soviética. Así que mis primeras lecturas estuvieron ambientadas en la gélida Siberia, en los imponentes bosques rusos donde se encontraban osos gigantes y desde donde los impronunciables autores nos narraban aventuras pavorosas.

María Emilia siempre fue paciente conmigo, gentil y considerada. Quería que amara los libros y lo logró. Aquellas primeras lecturas, aquellas horas invertidas en devorar con avidez voluminosos libros enteros y así poder ir al siguiente, constituyeron los momentos más memorables de mi primera etapa de estudiante. Aquellos días de mi infancia y aquella tierna maestra, me regalaron para siempre el hábito grato de leer, el cual mi madre potenció y que todavía me acompaña. Hábito del que nunca me podré deshacer.

Ya hace muchos años que no leo a Kir Bulychov, o a Kornéi Ivánovich Chukovski, o a Piotr Pávlovich Yershóv. Ahora soy más ecléctico en cuanto temas y nacionalidades. La libertad que disfruto ahora, me lo permite.

Leer me dio la oportunidad de reflexionar desde miles de escenarios distintos sin moverme de lugar. Leer me humanizó más y me ayudó a salir del totalitarismo del yo. Así que sigo leyendo y los culpables siguen ahí, viéndome. Mi mejor tributo para ellos es mi leal gratitud y mi incansable discurso invitando a otros a leer.

Hoy soy profesor en una Facultad de Teología, un puesto para el que no existe promoción después de él, pues no hay nada más noble que educar a otros para llevarlos a la semejanza de Jesús. Leo tanto como puedo, leo porque me gusta, así, a secas. Pero encuentro también que mi sagrado deber lo desempeño mejor si leo, y que soy más fructífero si antes, durante, y después de ejercer una tarea, me abandono a buenos libros. Mi Señor me desafía a ser profundo y ello es imposible sin leer, leer y otra vez… leer.

Siento pena por los que no tuvieron quién les inspirara a leer. Ningún niño debiera tener semejantes ausencias. Pero más pena me dan los que no leen porque enajenados en sí mismos, no les importa crecer.

NADIE DIJO QUE FUERA FÁCIL

Por: Osmany Cruz Ferrer.

Nadie dijo que fuera fácil, la cruz suele ser pesada y llevarla exige coraje. No hay lugar para pusilánimes, este viaje es todo angosto, con obstáculos desconocidos y pavorosas encrucijadas. Las montañas a escalar son imponentes, de laderas escarpadas y sinuosos parajes. El sol pega fuerte, la noche es helada. Merodean enemigos implacables, ladrones de felicidades, y buhoneros de vanidades.

Nadie dijo que fuera fácil, el destino está un poco después del horizonte, por ello nuestra andadura es admirable, nuestro paso firme y constante. Nos tildan de ilusos, de quiméricos viajantes, de soñadores necios. Pero en nuestro interior arden promesas de Dios que nos conducen triunfantes, que aligeran el paso, y suavizan a los guijarros cortantes.

Nadie dijo que fuera fácil, tarea de gigantes Dios ha dado a pequeños mortales, cosas asombrosas que anhelan mirar los ángeles. Aun contra todas las probabilidades seguimos adelante. No apuestan por nosotros, pero llegaremos ilesos y exultantes. El alma salvada es vigorosa, pujante, y no entiende de vallas coloridas o de trampas de zanahorias. Sigue y sigue, hasta la meta, anhelante.

Desde mi peregrinaje, escribo

Por: Osmany Cruz Ferrer.

Soy esa clase de peregrino que escribe porque no puede evitarlo, porque lo que se lleva dentro hay que sacarlo y yo lo hago aporreando un teclado, con unos dedos torpes y un corazón manso. Así voy de camino al cielo, viajo ligero de peso, mi andar es constante y raudo. Viene la noche y me apresuro a decir palabras de esperanza para el viajero extraviado.

No compito con otros, no falseo mi paso esperando aplausos, voy escribiendo esquelas de fe para los viajeros parcos. Quizás mi prosa, a veces tosca, pueda igualmente alumbrar al que le asedian las sombras. Si me ves por ahí taciturno y reflexivo, no me juzgues de lejano y frío, es que ando pensando en ti, haciendo una plegaria para serte útil con lo que te escribo.

 

 

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